El parásito causante es un ácaro diminuto que se mete debajo de la piel, donde pone sus huevos. Esto provoca un sarpullido rojo y una picazón insoportable que empeora por las noches. El contagio ocurre de forma directa por el roce prolongado piel con piel, o bien al compartir ropa, sábanas y toallas con una persona infectada.
Las alarmas se encendieron en regiones como el oeste de Gales y el suroeste de Inglaterra, donde las autoridades sanitarias detectaron un círculo vicioso de reinfección. Muchos menores reciben tratamiento en sus hogares, pero vuelven a contagiarse al regresar a clase porque entran en contacto con compañeros que aún no han sido diagnosticados. Los expertos señalan que el problema principal es la confusión inicial: sus síntomas se confunden fácilmente con alergias alimentarias o eccemas, lo que retrasa el aislamiento del menor.
A esto se suma la falta de medicamentos esenciales en las farmacias locales, como la crema de permetrina, y la resistencia que el insecto ha desarrollado a los fármacos habituales. Para combatir la crisis, los médicos están recetando pastillas orales a grupos enteros.
El Servicio Nacional de Salud británico (NHS) insiste en que toda la familia de un niño afectado debe medicarse a la vez, aunque no tenga molestias. Además, piden lavar sábanas y vestimenta a más de 60 grados para eliminar por completo las larvas.
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