Finlay Roberts tenía dos años y once meses cuando despertó el 11 de julio de 2024 con un fuerte dolor abdominal. Por recomendación de su médico de cabecera, sus padres lo llevaron a urgencias pediátricas del Whittington Hospital, en Islington, Londres.
El pequeño permaneció cerca de nueve horas en el servicio de Emergencias (A&E, por sus siglas en inglés), la mayor parte del tiempo en un pasillo, debido a la saturación y la falta de personal. Su madre, Liz, tuvo que administrarle un supositorio en una zona común, sin disponer de una sala privada.
Durante la espera, solo se completó un conjunto parcial de controles médicos. Cerca de la una de la madrugada, el niño recibió el alta y regresó a casa. Sin embargo, a las ocho de la mañana, su madre lo encontró sin vida en la cama, a su lado. Los intentos de reanimación no lograron salvarlo.
La investigación forense determinó que Finlay murió por un vólvulo sigmoideo, una afección poco frecuente en niños que provoca una torsión del intestino y puede bloquear el tránsito intestinal.
La jueza Mary Hassell concluyó que hubo fallos de comunicación y que no se realizaron todas las pruebas y controles necesarios. También señaló que una atención adecuada y oportuna le habría dado al pequeño una posibilidad de sobrevivir, aunque no podía asegurarse que hubiera evitado su muerte.
El caso ha puesto el foco en las condiciones de atención en las urgencias pediátricas británicas y los riesgos de atender a pacientes en pasillos y espacios comunes.
El padre del menor, David, criticó las condiciones en las que fue atendido su hijo y describió el pasillo como un símbolo de un sistema sanitario que necesita mejorar.




