La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, propuso que Canadá se convierta en el primer «miembro asociado» de la Unión Europea (UE), una fórmula inédita que busca estrechar los vínculos políticos, económicos y estratégicos entre ambas partes sin que el país norteamericano ingrese como miembro de pleno derecho.
La iniciativa, planteada en septiembre de 2026, pretende reforzar la cooperación en comercio, energía, inteligencia artificial, ciberseguridad, minerales críticos y defensa. También contempla coordinar esfuerzos para proteger el Ártico y asegurar el suministro de materias primas necesarias para las industrias europeas y canadienses.
El acercamiento se produce en un escenario de tensiones comerciales internacionales y disputas arancelarias con Estados Unidos, bajo la presidencia de Donald Trump. Ante este panorama, Bruselas y Ottawa buscan fortalecer su alianza y reducir su dependencia de otros mercados. El primer ministro canadiense, Mark Carney, ha mostrado interés en profundizar la relación con el bloque europeo.
Sin embargo, la propuesta no convertiría a Canadá en un país miembro de la UE. El nuevo estatus no le daría derecho a votar las leyes europeas ni representación en el Parlamento Europeo. Tampoco supondría la libre circulación automática de sus ciudadanos por Europa ni obligaría al país a adoptar de forma general toda la normativa comunitaria.
Canadá conservaría su moneda, su política económica y su autonomía nacional, mientras que la relación comercial seguiría apoyándose en acuerdos existentes, como el CETA.
La figura de «miembro asociado» todavía no existe en los tratados europeos, por lo que será necesario definir su marco jurídico y conseguir el respaldo de los 27 Estados miembros. La cumbre bilateral prevista en Montreal para los días 29 y 30 de octubre de 2026 podría servir para avanzar en los detalles de la propuesta.
Si prospera, el acuerdo abriría una nueva vía de cooperación entre Europa y un país que no pertenece geográficamente al continente.




